Agresividad, conflicto, normas …

balanza, libro, mazo

Escribir un blog resulta algo apasionante, pero a la vez no deja de inquietar el momento en que uno se pone frente al teclado para intentar hilvanar algunas ideas que despierten el interés de los que tengan a bien leerlas.

Este pretende ser un medio esencialmente abierto a su participación y si hasta ahora se ha centrado en los aspectos más técnicos o puramente jurídicos que no son precisamente proclives para fomentarla, hoy va a aprovechar algún debate de actualidad y en particular uno que se desarrolla en linkedin para plasmar algunas reflexiones respecto a la función de los abogados cuándo litigan.

La pregunta que da origen a esta reflexión es la siguiente ¿Es necesaria la agresividad, en el ejercicio de la abogacia?

Para tener una opinión sobre el particular no hace falta saber de leyes ni tener la más mínima noción jurídica, porque cualquiera que alguna vez haya contratado los servicios de un abogado tenía unas concretas expectativas al respecto. Y así, por usar los conceptos del baloncesto, habrá quien espere de su abogado una defensa marcando al contrario y otros que verán mejor un marcaje en zona, pero ninguno entendería una pasividad estilo Rajoy, que por mucho que alardee de manejar bien los tiempos, por centrarse en el cronónometro, se desentiende del campo de juego.

A mi entender, esas expectativas de cada ciudadano respecto de la actitud que le despierta más seguridad y confianza en el desempeño profesional de su letrado, deben ser siempre explicitadas desde los primeros momentos, de manera que al formalizar la correspondiente prestación de servicios, el cliente pueda conocer en qué grado se van a cubrir éstas y el letrado deberá renunciar a asumir esa concreta defensa si considera inasumibles las indicaciones al respecto. Dicho de manera gráfica, el cliente, debe tener claro si la actitud de su letrado respecto a su caso va a corresponderse con la elevada dignidad de un Atticus Finch, el activismo cínico de un Alan Shore, o el escepticismo empírico de Sir Wilfrid Robarts

Lo anterior debe complementarse en todo caso con unas mínimas nociones que el letrado suministrará a su cliente para hacerle ver que el desarrollo de un juicio en España en teoría tiene muy poco que ver con lo que las teleseries americanas han fijado en su subconsciente y que los comportamientos que se permiten en estrados, dan muy poco margen para el lucimiento y la teatralidad que tanto nos encandilan en la pantalla.

Sir Wilfrid Robarts

Que por imperativo legal se nos prive asistir a la exhibición de una tarde de gloria de un Sir Wilfrid en “Testigo de cargo” no quita para que la contienda judicial sea ante todo el encauzamiento de la agresividad a través de un procedimiento rígidamente pautado. Negar ese componente es negar la esencia misma de la función que se desempeña en los estrados. El letrado no se sienta frente a la contraparte para contemplar el santo advenimiento de la concordia entre los litigantes en forma de mesurada resolución judicial, sino más prosaicamente para derrotar a su adversario y si es posible además reducir a pavesas dialécticamente hablando sus argumentos. (Esto que se suele conocer en lenguaje técnico como ganar con costas)

Cualquier idea que se tenga en mente sobre la agresividad del abogado ha de partir pues de ahí. Si, tras leer el Marca como le gusta a Rajoy, hubiéramos de usar una metáfora deportiva, creo que a muchos se les representaría la sala de vistas como un combate de boxeo dónde se espera asistir a una ensalada de golpes (dialécticos) entre los púgiles hasta ver caer a uno e intuyo que esa imagen no siempre resultará agradable para ciertas sensibilidades.

No entraré a discutir ahora si el boxeo es más o menos edificante como espectáculo deportivo, porque me interesa destacar en todo caso que según todos los estudios, el deporte más agresivo por antonomasia es el ajedrez, dónde dos tranquilos y en apariencia pacíficos ciudadanos cuya inteligencia se presume elevada se dedican a ejecutar extraños movimientos de piezas sobre un tablero. Un odio africano han llegado a profesarse los grandes maestros, que precisamente al no poder desahogar la enorme agresividad interior que acumulan contra su oponente, de una manera explosiva o con esa imediatez propia de los púgiles en el cuadrilátero, se ven compelidos a elaborar concienzudamente las más alambicadas estrategias con que encubrir unos impulsos cuasi homicidas.

No ha de extrañar demasiado esa violencia fría que oculta la apariencia calmada de los ajedrecistas ya que está lejos de ser exclusiva de estos deportistas y resulta común a cualquier otro ámbito. Si nos detenemos a observar a nuestro alrededor, cualquiera que simplemente haya coincidido en algún momento con una pareja mal avenida, habrá podido identificar un “mar de fondo” que encubre y delata una agresividad contenida que se manifiesta a la menor oportunidad cuando por ejemplo las más nimias expresiones que en un contexto menos hostil serían tenidas por neutras, adquieren un significado casi ofensivo. A diferencia del boxeo o el ajedrez,  las reglas que rigen este combate no están explícitas en ningún texto que permita su conocimiento directo y exégesis certera, sino que se han ido formando a través de las servidumbres que jalonan la rutina de una convivencia. Con ello, nuestra sensibilidad de espectadores se puede resentir aún más, ya que si bien intuimos esa violencia larvada carecemos de la capacidad para procesarla o incluirla en algún esquema previo.

Gregory Peck as Atticus Finch in To Kill a Mockingbird

En definitiva lo que todo ello nos muestra a mi entender es que lejos de circunscribirse a determinadas expresiones o manifestaciones, la agresividad es consustancial a la actividad humana y puede encubrirse hasta en las aparentemente más “pacíficas”.

No soy más que un abogado que ha devenido mediador y por tanto si bien puedo saber algo de leyes, carezco de la preparación de los profesionales de la psicología a la hora de diseccionar el comportamiento humano, pero como es difícil sustraerse a la tentación, apuntaré una hipótesis que pueda ayudar a circunscribir esta paradoja. Es sabido que nuestra conducta es verificada permanentemente por la amígdala o el cerebro reptiliano que no da tregua alguna a la hora de discriminar ante lo que identifica como amenaza y nos pone en guardia ipso facto para reaccionar según unos impulsos fisiológicos determinados. Como nuestra capacidad para transformar esos impulsos primarios es infinita gracias a la cultura, ese gran invento que sobre todo el lenguaje ha hecho posible, nos encontramos con que la violencia de los ajedrecistas por ejemplo, ha conseguido sustituir una respuesta primaria por otra ciertamente muy elaborada que logra encubrir ese impulso pero que no por ello deja de ser esencialmente otra manifestación agresiva.

Es en un contexto sociocultural como el descrito dónde nos desenvolvemos cada día y hemos de discernir para obrar en consecuencia. A mi entender, la premisa básica para ello deberá poner el foco menos en las manifestaciones exteriores de la agresividad que en detectar y en última instancia encauzar esa violencia soterrada. A este respecto, no es indiferente que el campo de juego sea el del litigio que fomenta la actitud beligerante de las partes o el de la mediación, que pretende justamente su cooperación y abre muchas más posibilidades para su libre expresión.

Ideas como que sólo concilia el débil, o que la buena fe y la cortesía deben presidir la relación entre los participantes en un litigio, resultan igual de incompletas, desacertadas o inexactas. Nunca sabremos a priori quién es el débil porque nunca podremos conocer ni mucho menos medir el grado de audacia del contrario. Por otra parte, en una situación de violencia que es la propia de un enfrentamiento, importan mucho menos las normas que los hechos.

Si David era el fuerte o el débil es irrelevante por la sencilla razón de que nunca se desarrolló el combate según las reglas que todos suponían iba a tener lugar y bastó su rápida acometida con la onda para acabar con Goliat, que con toda su teórica fortaleza quizá hubiera preferido desde el primer momento una conciliación de haberle advertido que las ondas también se admitían. Lo que a uno sobró de audacia al otro fue de confianza.

Así, la fuerza de los hechos consumados se impone sobre la ideal representación de éstos conforme a ciertos parámetros que en última instancia es lo que las normas encarnan.

Se supone que en una sociedad avanzada es un valor en sí mismo la existencia de un gobierno de leyes y no de hombres, y ciertamente es una elevada conquista esa idea, pero no deja de ser un error cuando menos apelar a esa veneración de las normas para apaciguar a los que las violentan y eso sin contar además que en ciertas coyunturas incluso puede resultar absurda esa actitud.

Alan Shore

Baste considerar cuántos fueron los que con Goliat en tierra y David triunfante se atrevieron a recriminarle su falta de ética deportiva, o los que se hubieran acercado a Goliat, para sugerirle que felicitara al vencedor, como la cortesía marca. Ni lo uno ni lo otro por más que en teoría viniera obligado por las normas hubiera resultado lo más indicado en aquél momento y habría tenido muchas posibilidades de considerarse una afrenta. Apelar a la norma en esas circunstancia por muy loable que en teoría resultara su finalidad, simplemente había dejado de tener sentido por la fuerza misma de los hechos.

Cualquiera que haya leído a Max Weber, podrá recordar su caracterización del estado como sujeto que encarna el ejercicio en monopolio de la violencia legítima. A mi entender no andamos demasiado lejos de esa idea en nuestro ejercicio profesional. Debemos ser conscientes en todo momento de que no hacemos otra cosa más que administrar y encauzar una agresividad latente en la que estamos inmersos y que lejos de negar hemos de saber dosificar sin contagiarnos por ella lo que ciertamente nos veta toda ostentación gratuita y nos debe llevar a explorar todas las alternativas de resolución de conflictos posibles como algo complementario al recurso directo a la jurisdicción.

Que luego en esta, nos decantemos por el estilo de Alan Shore, Atticus Finch o Sir Wilfrid Robarts, al final no deja de ser una cuestión de “personal branding”, pero a mi entender lo que resulta incomprensible es que sin ofrecer alternativas y habiendo dado a entender que seríamos auténticos pit-bulls en la defensa de los intereses de nuestro cliente, nos amparemos en las normas y pretendamos convencerle de la irrelevancia de los hechos consumados al “modo Rajoy”.

¿O no?

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